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Pueden vender donuts. Por vender, pueden vender lo que quieran. Pero resulta que los lectores queremos noticias. De esas que impactan, sobrecogen, agreden, enseñan. De esas que están bien contadas. Y eso, en papel o en la red, cuesta dinero porque requiere tiempo.
La revolución digital, según publica hoy Michael Sokolove, en el New York Times, no ha avisado porque las revoluciones son así; no esperan a que la gente se adapte. Simplemente aparecen y ya no hay marcha atras. Esta perspectiva resulta creible. Todos los medios de comunicación del mundo llevan un año dándose golpes contra la pared porque la publicidad cae, cae, cae. Y, mientras esto sucede, aceptan que tienen que cambiar su modelo de periódico. Bien. Pero lo hacen poco, lento, mirando de reojo a la competencia, tensos, como si no se creyerán la revolución que preconizan.
“And we had to ask ourselves, ‘Is there a role for us to play?’ ”, pregunta un periodista a Sokolove. Si, es eso. La responsabilidad de hacer buenos periódicos tiene cabeza de editor y pies de periodista. Hoy, más que nunca, rebota en soportes nuevos. Pero esto parece que sólo exige hacer lo de siempre. La gente de la calle, al menos en EEUU, dice cosas como éstas: “Thanks God for press”. Y eso es emocionante. Escribir para el que va a leer porque quiere leer. Nunca fuimos tantos. La prensa probablemente nunca fue un producto de masas. Estaba al alcance de todos y, por eso, la gente la encontraba. Información local, próxima, de lo que importa a un señor de Cuenca porque le ataña, porque se acostumbra a ver su ciudad con la palabra que usan otros. Su trato.
Si ahora hay que repartir la información en distintos soportes, si el formato cambia o la estrategia se modifica, no debe notarlo el lector. Él lo ha pedido, la revolución es suya.
El análisis de Sokolove son siete páginas para los anales del periodismo:
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A julio camba le expulsaron de todas partes. Salió pitando de Buenos Aires, Berlín, Paris y parece que también de Zurich. Un gallego que en 1910 ya ejercía de corresponsal en Londres y apenas un lustro después había pegado el salto a Nueva York. Un caso excepcional. Un periodista español que se movió por el mundo a principios de siglo. Por el mundo. Un señor que siempre decía que, como corresponsal, sólo podía contar las cosas impregnadas de su denominación de origen. Es decir, que le resultaba inevitable contar NY, Londres o Constantinopla con ojos de gallego. Con la percepción del norte. Que sólo sabía describir la vida con mirada de extranjero.
Escribió mucho. Artículos y libros. Y cuando volvió a España, cuando se quedó definitivamente en Madrid después de media vida dando vueltas, allá por 1960, se instaló en un lujoso hotel. Y entonces comenzó a contarlo todo al revés. A contar España con sarcásticos ojos de foráneo. No lo podía evitar, había vivido muchos años fuera. Ahora el hijo pródigo era un observador indiscreto en su propio territorio. El era una rana viajera, pegando saltos por las historias, dando brincos literarios, haciendo buen periodismo de estanque en estanque. Y así salió ‘La rana viajera’ (además de ‘Mis páginas mejores’, ‘una lección de xornalismo’ o ‘obras completas’).
Leerle cómo describe, a principios de siglo, la tradicional costumbre española de quedar a una hora sin concretar y encima llegar tarde, no tiene precio.
Un bosquejo del capítulo a golpe de mala memoria:
Quedamos al mediodía. Pero, cómo. Entre las dos y las tres. No puede usted concretar. Bueno, nos vemos para tomar un café. Sí, pero a qué hora. Quizá mejor para el aperitivo. Vale, a las 5. No, no. Si eso, por la tarde, entre las 7 y las 8. No, hombre, mejor a las 8 en punto. Sí, pero si tardo un poco me espera. Llega la cita, espera media hora y no aparece nada. Días después se encuentran los dos amigos. Pero !hombre¡, no apareció. Sí, al que no vi fue a usted. Pero si llegué a la hora. Ya, pero sólo me retrase tres cuartos de hora, podía haberme esperado.
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Moises Naim plantea una pregunta de vaso. Es una cuestión simple, podemos decir rápidamente que sí, pero igual justo ayer… Justo ayer.
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Una) Los cómics están de moda. Podrás hablar de ello con tus amigos culturetas mientras frunces el ceño y te tiras el rollo del niño ingenuo encerrado en el cuerpo de un adulto (no te sonrojes, existen maneras aún más patéticas de ligar).
Dos) El guionista es Straczynski. El apellido impresiona, lo sé, pero no es ningún director letón sino el señor que salvó a Spiderman de una larga decadencia. Ahora es cuando tus amigos te miran semi-impresionados y tú usas el golpe de efecto: “Ah, sí, entre otras cosas también hizo el guión de El Intercambio de Clint Eastwood”. ¡Ta-chaaaaan!, todas las bocas abiertas.
Tres) Para nosotros, pobres españolitos, la colección es relativamente nueva. Vamos por el número 14 y se publican mensualmente. Estáis a tiempo de pillar los tomos atrasados y sentir que estáis viendo crecer a un pequeño engendro subcultural. De momento te está funcionando, sigue así.
Cuatro) Después del Ragnarok -la aniquilación de todos los dioses vikingos- Thor, superdios del trueno, vuelve a la vida. Un grupo de agricultores intenta levantar un martillo que está tirado en un sembrado. Es tan pesado que nadie es capaz. Hasta que un paleto se acerca, lo levanta y, abracadabra, se convierte en Thor. A partir de aquí empieza la invocación del resto de dioses. La ciudad mítica de Asgard, donde viven todos juntitos, reaparece en mitad de un maizal de Arkansas. Y aquí es donde estás hablando demasiado y empiezas a perder todo el encanto que te habías ganado. Tus amigos miran hacia otro lado y las chicas ríen.
Cinco) Thor vuela hasta New Orleans para ayudar en la reconstrucción de la ciudad tras el huracán Katrina. En sus paseos se encuentra con un tipo que ha perdido la casa y a su familia. Está en medio de un puente, bajo la lluvia, y su enajenación mental llega hasta el punto de emprenderla a puñetazos con Thor, que es tan tocho que podría cargarse a Superman (si fuesen de la misma editorial, claro). Thor hace una invocación mágica y el tipo cabreado se convierte en Heimdall, guardián del puente Bifrost que lleva de Asgard a Midgard. Vale, te has pasado. Las sonrisas se transforman en muecas.
Seis) Hey, es barato para ser un cómic. 2 euros cada número, 2 euros al mes. Además de rarito, pobretón…
Siete) En uno de los capítulos Thor le da una paliza impresionante a Iron Man, al que todos odiamos porque es un bastardo traficante de armas, millonario y guapete. ¡Y da igual que Robert Downey Jr. haya hecho una peli en la que intenta redimirle! ¡Eso es un sucio truco de Hollywood! Uno de tus amigos le explica a las chicas que realmente no te conoce de tanto tiempo y que sólo te hace compañía porque tu madre se lo ha pedido por favor.
Ocho) Loki, el dios malvado, el Satanás vikingo, se reencarna ni más ni menos que en una pedazo de tía por la que Thor se siente atraido. Tensión sexual al máximo. Ahora eres motivo de escándalo y todos te catalogan como pajillero.
Nueve) ¡Hay apariciones estelares de los gigantes de hielo, los gigantes de fuego, los enanos, los elfos negros y Odín, el dios padre! Estás solo, con tu ceño fruncido, y tus amigos sólo volverán a llamarte cuando quieran saber cómo darse de alta en el twitter.
y 10) Porque no te servirá para nada en la vida, porque no te ayudará a encontrar trabajo, porque no podrás analizarlo sesudamente por más que lo intentes, porque pasarás las horas leyendo diálogos elementales y contemplando los dibujitos, porque no te ayudará a ligar, porque no te convertirá en un hombre de provecho, porque no es nada intelectual. Es sólo ¡¡TIEMPO LIBRE!!
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‘Dietario de Madrid’, de Josep Pla. Periodismo en la capital… en 1921. Super entretenido, con mucho acento de la Costa Brava Un buen manual del oficio. Sólo disponible en la última Feria del Libro Antiguo de Madrid. Pero, por suerte, el de Parafrugell fue un autor prolijo.